martes, 2 de febrero de 2010

Mirador de Libros

Por María Angélica Scotti

Un nuevo libro de Luisa Peluffo, esta vez una atractiva novela, que se lee con fluidez y con genuino placer. Es una sostenida y cronológica evocación de la vida de una mujer, desplegada por ella misma al principiar su madurez y en la circunstancia-límite de ser sometida a una operación. La primera parte, titulada “Cuando yo era chica”, recupera con singular encanto el punto de vista infantil (las emociones primordiales a flor de piel, las fantasías, el acoso de los miedos, la delectación por los detalles).

Inés, la protagonista-narradora, es (al promediar el siglo XX) una niña curiosa, inquieta y un tanto díscola en el entorno de una familia de clase media con pretensiones burguesas, de “gente bien”. Ya adolescente, Inés se revela impulsiva y proclive a ciertas audacias picarescas (fumar a escondidas, cometer raterías, mentir), pero ingenua e inexperta cuando principian los amores y en particular la relación con Julito (Segunda parte). Él es un primo lejano, la “oveja negra” de la familia, seductor con las mujeres y hábil bailarín (“Nadie baila el tango como Julito” resulta su mayor mérito). Este iniciador en las delicias del tango y del sexo llegará a ser su marido (y padre de sus dos hijos) aunque sin deponer sus aventuras y escapadas que ocasionan continuos conflictos y desilusiones conyugales. Este personaje dicharachero y cínico, “sinvergüenza” o “turro”, justifica sus ausencias e infidelidades alegando que “esto es como el tango: es el hombre el que manda”. Inés, inmersa en su desolación y sus constantes zozobras, descubre la posibilidad de plasmar por escrito los quebrantos: “Escribir es algo que escarba por dentro y duele. A veces, también es un bálsamo, una suave murmullo…”. Toda esta acción novelesca se halla diseñada con sabiduría literaria, en breves capítulos, y con una prosa ágil y tersa, despojada y a la vez sugerente. Por detrás de las peripecias asoma, como un marco de referencia, la época, los hechos clave de la Argentina en la segunda mitad del pasado siglo, y poco a poco se van imbricando en la ficción narrativa (la militancia política, la dictadura militar, los allanamientos y secuestros, los desaparecidos, la guerra de Malvinas) y confiriéndole un creciente dramatismo. Este tono alcanza su punto más alto en la tercera parte (“El suave murmullo”) y en especial en el monólogo interior directo del remate que retoma el presente inicial pero ahora con el pesado lastre de la melancolía y los desencantos vividos. NADIE BAILA EL TANGO resultó finalista del prestigioso Premio Herralde de España y obtuvo a continuación el Primer Premio Municipal de Buenos Aires.

Fragmento NADIE BAILA EL TANGO:

“Cuando yo era chica no me gustaba que me cortaran el pelo. Me lo acaban de cubrir con una gorra de baño color turquesa. Debo quedar ridícula. La enfermera busca una vena en mi mano, clava la aguja y conecta el suero. Ahora se va a sentir muy bien, muy relajada, dice, pero yo me mareo un poco y su cara se vuelve borrosa. A ver querida, cuente hasta diez y déjese llevar: uno, dos tres cuatro…
No, cuando yo era chica no me gustaba que me cortaran el pelo. Iba a la peluquería con un sentimiento de catástrofe, como quien va al matadero. La que me llevaba era Estercita. Me arrastraba a un local para niños que se llamaba Silvio, frente a la plaza San Martín. Los asientos eran caballos de madera, como los de las calesitas: Silvio debía pensar que, cabalgando, sus víctimas no repararíamos en el atropello. (…)
- No te asustes Inés -me decía- , no te voy a cortar las orejitas.
Un día compruebo que me voy a largar a llorar ahí mismo. Miro fijo hacia abajo mientras siento asomar la vertiente.
La vertiente resbalará por mi cara, empapará mi pollera escocesa, el caballo de madera que me han asignado, los zapatos relucientes de Silvio y caerá sobre los azulejos del piso. Y en el piso se formará un charco de dimensiones alarmantes en el que flotarán mis mechones de pelo.
Pero no. Avergonzada no dejo salir las lágrimas. Ellas, obedientes, retroceden hasta la garganta y dejan que yo las sorba con disimulo.
Ya en casa lloro sin trabas contra el espejo del cuarto de baño.”